UNA
CANCIÓN SIN FRONTERAS
Clara
Díaz
Nacido
en San Antonio de los Baños, La Habana, el 29 de noviembre de 1946,
Silvio Rodríguez Domínguez, hijo primogénito de Dagoberto y Argelia,
estableció sus primeros vínculos con la música en la más temprana niñez,
cuando desde el seno de una familia de origen campesino y de afición al
canto y al baile, recibiera como legado, de su abuela materna, un amplio
repertorio de canciones trovadorescas; de su tío Ramiro Domínguez
-fundador y director de la jazzband Mambí-, una tumbadora; y la voz y
el interés de una madre aficionada al canto.
Ya
a los dos años Silvio se enfrentaba por vez primera a micrófono y público
en una feria de su pueblo y no mucho tiempo después, aún sin cumplir
los cuatro años, ganaba por votación unánime el premio del concurso
radial para aficionados Buscando
estrellas, en donde demostraría una excepcional musicalidad.
Un
hecho fortuito contribuyó a que el niño se relacionara de manera más
determinante con el mundo de la música: la familia trasladó su
residencia hacia un barrio capitalino, y a pocos pasos de la casa, en
los altos del taller en donde laboraba su padre, radicaba el
conservatorio La Milagrosa, bajo la dirección de la profesora Margarita
Pérez Picó, quien, en breve, detectando la vocación y las inmensas
aptitudes de aquel pequeño de siete años, se brindó gustosa a
impartirle clases de piano gratuitamente, sin más reclamo que una
debida atención a los estudios.
A
pesar de que el curso estaba avanzado, en algunos meses el alumno fue
sometido a los exámenes finales a la par que el resto de sus condiscípulos:
su interpretación al piano de Malagueña de Ernesto Lecuona, le hizo recibir del tribunal la máxima
calificación con felicitaciones, lo mismo que en las asignaturas de
Teoría y Solfeo.
No
obstante, lo que bien pudo haber sido el comienzo de una extensa
trayectoria académica, no fue más que un discreto incursionar en un
mundo apasionante, que en todo caso reafirmó capacidades y afianzó la
vocación del niño por este arte. Una situación familiar inestable, en virtud de la cual en
ocasiones regresaba a su pueblo natal, y en otras, cada vez más
espaciadas, volvía a La Habana, le hizo abandonar definitivamente los
estudios de piano, pero no su motivación por la música:
En
La Habana había una estación, Radio Cramer, que todo el tiempo pasaba
los éxitos musicales de Norteamérica. Así conocí a Los Platers, por ejemplo. De cuanto llagó a finales de los 50, lo que más me impresionó
fue el rock de Elvis Presley. Su
música me llenó de curiosidad, de interés. En una ocasión vi una fotografía de él con su guitarra y
entonces le pedí a mi padre -que tenía un tallercito de carpintería-,que
me hiciera una de formica para jugar.
Por
supuesto, fueron muchas más las influencias recibidas en aquellos años. Los tríos mexicanos que asomaban en la pantalla del cine de la
época incentivaron su interés por la canción, al igual que
agrupaciones dirigidas por famosas figuras de la música cubana, tales
como Arsenio Rodríguez, Vicentico Valdés, Rafael Lay (Orquesta Aragón)
y Benny Moré, que amenizaban los bailables de su pueblo.
Marcado
primordialmente por un espíritu de formación autodidacta, su amplio
mundo de inquietudes le hizo incursionar por otras vertientes del arte y
la creación artística: sus libretas escolares dejaban constante huella
de caprichosos dibujos que, plenos de imaginación, asumían sucesos y
personajes, dc seguro alimentados por los libros infantiles, las aventuras
y los tradicionales «muñequitos» (comics), que consumía con avidez como lector habitual. Un día, luego de disfrutar del filme El príncipe valiente, muy impresionado volcó sobre un papel su primer
poema. Ya por entonces
acostumbraba Silvio a escuchar en voz de su padre las lecturas de las
obras de Juan de Dios Peza y José Martí.
Al
producirse el triunfo de la Revolución Cubana, el 1º de enero de 1959,
el futuro trovador contaba con doce años, y aunque permanecía
establecido con su familia en San Antonio de los Baños desde hacía
algunos meses, en breve tiempo se trasladó definitivamente para La
Habana.
Identificado
con el nuevo proceso que se desarrollaba en el país, Dagoberto Rodríguez
abandonó el taller por las aulas y comenzó a desplegar su labor como
instructor revolucionario. Silvio,
por su parte, siendo estudiante de Secundaria Básica, ingresó de
inmediato en la Juventud Socialista, y poco después se afilió a la
Asociación de Jóvenes Rebeldes. Fundador,
asimismo, de las Milicias Nacionales Revolucionarias, se incorporó,
además, a la Campaña de Alfabetización en 1961, como miembro de las
Brigadas Conrado Benítez, y se entregó a su misión de enseñar
a leer y escribir a campesinos de las zonas de Rancho Luna y Ciénaga de
Zapata, al sur de la antigua provincia de Las Villas.
Sin
embargo, a pesar de la situación de amenaza de agresión inminente que
vivía el país y el permanente reclamo de la participación del pueblo
en la defensa de la Revolución, la vida de paz impuso sus reglas, y el
quehacer constante, en todos los órdenes, se mantuvo. Dentro de este peculiar contexto, anunciador de una nueva forma
de expresión para reflejar una nueva época, desarrolló Silvio su
mundo interno de motivaciones, perfilando cada vez con mayor certeza la
vocación artística. A sus lecturas ininterrumpidas de Melville, Jack London y
Joseph Conrad, entre otros, se unirían las de José Martí, Edgar Allan
Poe, César Vallejo, Horacio Quiroga, García Lorca, Balzac, Tolstoi...
Asimismo, su afición a la música de concierto y al dibujo se hizo
definitiva, al descubrir en el filme Fantasía, de Walt Disney, un sugerente mundo de interrelaciones entre las imágenes
sonoras y las plásticas.
Ampliando
cada vez más su universo de captación y devolución creadoras, el
artista, cercano ya a los dieciséis años, comenzó a laborar en la
revista mella, bajo la orientación del destacado dibujante Virgilio
Martínez. De este modo
empezó una etapa de aprendiz que en poco tiempo superó, al serle
encomendada la sección «El hueco, una historieta muy profunda»,
inicialmente con texto de Norberto Fuentes y después bajo su completa
autoría.
En
este importante momento, además, Silvio estableció sus primeros
contactos con jóvenes intelectuales. Luis Rogelio Nogueras, Víctor Casaus, Guiliermo Rodríguez
Rivera, Norberto Fuentes, entre otros, se convertirían, al pasar los años,
en fieles testimoniantes de aquel primer período del futuro trovador,
empeñado, aún sin guitarra y con plumilla en mano, en ser dibujante y
periodista.
Por
otra parte, durante su incursión laboral en la revista Mella, se produjo, su encuentro con la guitarra y la creación
musical. Surgió así El rock de los fantasmas, su primera y más ingenua cancióí4 de
corte humorístico y sin mayores pretensiones que las de una simple
diversión.
Pero
lo cierto es que cuando en abril de 1964 Silvio fue reclutado en
el primer llamado del Servicio Militar Obligatorio de las Fuerzas
Armadas Revolucionarias (FAR), ya llevaba con él su guitarra y una
incipiente y auténtica vocación de trovador. Poco antes, y manteniéndose
aún como colaborador de Mella, había intentado retomar las lecciones de piano, en esta
ocasión con la profesora Elvira Fabre, y alcanzó su matrícula en la
Escuela de Artes Plásticas de San Alejandro, pero el reclamo casi
inmediato de la vida militar lo desvinculó de nuevo de los estudios
académicos.
Durante
su estancia en el ejército, Silvio desarrolló múltiples labores en su
condición de soldado, en una unidad de infantería, primero, luego en
otra de servicios, y con posterioridad en una de comunicaciones, donde
recibió un curso de telegrafía. Algún
tiempo después, al conocerse de su trayectoria periodística, fue
enviado a trabajar en la Sección Política del Ejército de Occidente,
en calidad de dibujante de la revista Velicerenios. Una vez más su espíritu inquieto y versátil le haría
incursionar por diversas vertientes del quehacer creador. Sus artículos de la sección «Arte y Ciencia» evidenciaron no
sólo una fina redacción de originales vuelos para su edad, sino, además,
buen tino de investigador para acercarse al campo científico.
Asimismo,
en esta época, estimulado y apoyado por sus compañeros de armas,
Silvio, ya fiel trovador, amante de su guitarra y sus canciones,
participó como integrante de un dúo en el 1 Festival de Aficionados de
las FAR, defendiendo dos canciones de su inspiración. Aun cuando no obtuvo un resultado de alto relieve en este
certamen, el estímulo recibido por parte de sus compañeros, y su
vocación cada vez más definida por la poesía y la canción como
medios para expresarse artísticamente, lo condujeron al camino del
futuro éxito.
Poco
antes de cumplir su tiempo de servicio dentro del ejército y con algo más
de un año de labor como diseñador de la revista Verde
Olivo, Silvio obtuvo una Primera Mención de poesía en el Concurso
Nacional de las FAR. Por esta
época le habían servido de gran aliento en su empeño literario la
confianza y el apoyo brindados por el poeta holguinero Luis Pavón,
quien, fundiendo como director de Verde
Olivo, no escatimaba sus ratos libres para ofrecer conocimientos,
lecturas, diálogos y asesoría al joven talento, ávido, por demás, de
este tipo de confrontación.
A
su vez, la canción no hallaba reposo en la modesta guitarra del
trovador. Recluta de noches
en vela sobre todo a causa de su inspiración y laboriosidad, Silvio
hilaba una tras otra sus canciones de amor, bolereadas o a manera de
calipsos, y se acercaba en alguna ocasión a los temas sociales: La
leyenda del águila, dedicada a la guerra en Vietnam, y ¿Por
qué?, una denuncia contra la discriminación racial en los Estados
Unidos, anunciaban, desde los albores de 1967, los puntos de contacto
que entroncarían la obra del compositor con el movimiento internacional
de la Nueva Canción.
A
partir de entonces ya no dejaron de adorar sus textos comprometidos con
la realidad social; la fuerza de la denuncia y la carga ética ofrecidas
desde el yo individual del creador, lo convertían en algo más que un
sencillo aficionado al canto. Su
determinación de dedicarse profesionalmente a la música y en especial
a la composición, una vez que fuera desmovilizado del Servicio Militar,
no sería más que el resultado lógico de una suma de exhortaciones,
esfuerzos y logros continuos, en un período de tiempo sorpresivamente
breve.
No
sólo durante los ratos libres dentro de la unidad militar o en los días
de Festivales, acudía Silvio a la guitarra y a la creación: también
en los fines de semana de pase,* el
joven, acompañado de su guitarra, compartía con sus amigos en
cualquier rincón de la ciudad, y contactaba con músicos profesionales. Cuando comenzó a frecuentar la casa de la también trovadora
Belinda Romeu, su padre, el destacado músico Mario Romeu, recibió con
sorpresa y merecido interés aquel torrente de canciones del joven
compositor. No es de extrañar
entonces que, en poco tiempo, Silvio fuese citado a un estudio de
grabación del Instituto Cubano de Radiodifusión (ICR), y no mucho
después el propio Romeu le orquestara dos de sus canciones, para que se
presentara ante las cámaras de televisión como compositor e intérprete.
Al
siguiente día de culminada su misión en el ejército, el joven hizo su
debut en televisión, el martes 13 de junio de 1967, cuando interpretó
sus canciones Quédate (1967) y
Sueño del colgado y la tierra (1966), ambas de temática amorosa,
en la sección «Caras nuevas» del programa Música
y estrellas, dirigido por Manolo Rifat.
Aunque
meses después - marzo de, 1968 - en una entrevista de prensa Silvio
restara valor a aquellas canciones por reflejar un espíritu evasivo de
la realidad,
lo sugestivo y original de las imágenes, la sencillez personal del intérprete,
despojado de todo atuendo artificioso, y el estilo artístico de marcada
autenticidad, provocarían una sensación de hallazgo y una gran
expectación en quienes, acostumbrados al horizonte ideoestético
tradicional de la cancionística cubana, lo escucharon en su debut ante
las pantallas.
Por
otra parte, uno de los empeños fundamentales del artista como creador
era el de renovar los códigos estéticos, para lograr la concordancia
con el nuevo contenido emanado de la realidad social lo cual más que
una inquietud de época, reflejó, en última instancia, una necesidad
insoslayable de la dialéctica del desarrollo.
En
el terreno específico de la cancionística, la mayor parte de las obras
iban a la zaga de una realidad dinánúea y cambiante en todas las
esferas, y que comprendía hasta la asunción de una nueva época en
relación con el amor de pareja, lo cual exigía, sin lugar a dudas, un
cambio en el propio contenido artístico y en la forma de expresarle. En otro sentido, la revolución tecnológica ocurrida en el plano
musical con la introducción de la sonoridad electrónica y, sobre todo,
el impacto ocasionado por la obra del grupo inglés Los Beatles en la música
internacional implicarían no sólo una evidente influencia en los más
jóvenes, sino, además, una demanda insatisfecha acentuada por el
bloqueo interno creado en la cultura del país, como reacción a una
presunta penetración ideológica y cultural extranjera.
Mientras
las ofertas de consumo a partir de los medios masivos de comunicación
nacionales, se limitaron a brindar lo más comercial, y no precisamente
de la mejor calidad, del mercado foráneo, se sucedía entre los jóvenes
el cómplice intercambio de discos adquiridos por vía muy personal,
anunciado por el resultado artístico de solistas y grupos no difundidos
según la política de la cultura oficial. Por otra parte, la producción musical de los autores del país
se movía por lo general dentro de cánones envejecidos, de modelos
facilistas y ajenos a la concepción ideoestética que iba proponiendo
la realidad.
Bajo
estas circunstancias Silvio Rodríguez se enfrentó por primera vez a cámaras
y micrófonos de un estudio de la televisión cubana, para llevar su
propuesta.
Tales
inquietudes no serían exclusivas de este bisoño compositor, pues ya
desde 1965 Pablo Milanés, proveniente de la generación más joven del
feeling, había incursionado por otros rumbos de la creación musical,
componiendo, con plena conciencia de una búsqueda necesaria, su canción Mis 22 años. Martha
Valdés por su parte, afanosa en su labor de musicalizar obras
teatrales, se adentraba en temas sociales y abría paso a giros modales
hasta entonces no incluidos en su «patrón de composición». La trovadoresca Teresita Fernández, asimismo, con su estilo
peculiar, hacía de lo cotidiano e insignificante un motivo de lúcida
inspiración. Los poetas,
además, desde las páginas del mensuario El
Caimán Barbudo, habían dejado constancia en el manifiesto «Nos
pronunciarnos», firmado en mayo de la, de su preocupación por la
calidad de la poesía y de los temas de las canciones.
En
espontáneas y nocturnas tertulias originadas noche tras noche alrededor
de cualquier mesa de la céntrica heladería Compelía, se reunían jóvenes
poetas, y algo más que poetas - la mayoría eran egresados de la
Escuela de Letras de la Universidad de La Habana, y Si por ejemplo, era
poeta y músico-, a conversar y polemizar sobre los más diversos temas
de la cultura artística de momento, o acerca de la obra de creadores
nacionales y extranjeros, clásicos y contemporáneos. Luis Rogelio Nogueras, Víctor Casaus, Guillermo Rodríguez
Rivera, Jesús Díaz, Antonio
Conte,
Jorge Fuentes, Raúl Rivero y Silvio Rodríguez, desde poemas y
canciones se regalaban entre sí a César Vallejo, a Nazim Hikmet, a
Walt Whitman, a José Martí y hasta a ellos mismos, y estas formación
e información colectivas se revertirían en sus propias creaciones.
No
es nada extraño que, habiendo egresado del Servicio Militar, Silvio
buscara de inmediato como su grupo de referencia a aquel mismo que entre
dibujos, historietas y anhelos de adolescencia, hubiera dejado atrás en
los días de la revista Mella. Tampoco lo es que, al cumplirse el primer
aniversario de El Caimán Barbudo, se realizara un concierto homenaje para la ocasiór4 y allí se
encontraran sobre el escenario de la sala teatro del Museo Nacional de
Bellas Artes, el 12 de julio de 1967, junto a los jóvenes poetas,
Silvio Rodríguez y Teresita Fernández, reafirmando los mismos
principios enunciados un año antes en el documento «Nos pronunciamos».
Teresita
y nosotros -como
fue denominado este recital-, más que un homenaje constituyó
primordialmente una propuesta cultural, para la cual se conformó un
espectáculo integral de poesía y canción, secundado por los dibujos
de José Luis Posada, los trabajos fotográficos de Peroga (Pedro Rodríguez
García) y la labor fílmica de cinco jóvenes creadores del
Departamento de Cinematografía del ICR. Las canciones ofrecidas por Silvio en aquella ocasión fueron: Como
un sueño triunfante, No soy, Muerto, Quédate, Es sed, Y anoche, Y nada
más, Nuestra
ciudad, ¿Porqué? y La leyenda del águila, la mayoría de temática
amorosa, y todas recibidas con gran entusiasmo por un numeroso público,
en su mayor parte universitario, desde entonces fiel seguidor del vuelo
creativo del trovador.
En
muy poco tiempo, y con una abundante producción de canciones que
llamaban a la reflexión mediante imágenes poético-musicales de
indiscutible calidad, el joven de veinte años alcanzó una notable
popularidad, incrementada al destinársele un espacio en la programación
televisiva, con frecuencia semanal. Mientras tanto - el título
respondía al de una de las canciones del artista- resumía los intentos
de renovación del ambiente cultural, por parte de la nueva generación
de artistas y escritores formados dentro del proceso histórico de la
Revolución Cubana, que constituían una vanguardia de enfrentamiento a
conceptos conservadores del período. Afín a su generación, y una vez más en total vínculo de
interinfluencias con escritores como Víctor Casaus, Norberto Fuentes,
Guillermo Rodríguez Rivera, Luis Rogelio Nogueras y Jorge Fuentes,
entre otros, el trovador se proyectó desde su canción y mediante el
programa Mientras tanto -como
vía de mayor influencia - promoviendo nuevos criterios culturales, lo
que en ocasiones fue motivo de fuertes contradicciones y reacciones que
dieron al traste con la permanencia del programa en el aire.
A
su vez, desde febrero de 1968 Silvio se integró como fundador al Centro
de la Canción Protesta 4 de
la Casa de las Américas, junto a los jóvenes Pablo Milanés y Noel
Nicola, con los que ofreció numerosos recitales en centros de trabajo,
escuelas, unidades militares, así como en la propia sede de la Casa,
desde donde mensualmente era televisado el programa Canción
protesta. En esta época La era está parando un corazón, en
voz de la excelente cantante Omara Portuondo, alcanzaría la máxima
popularidad difundida por la radio y la televisión, lo que amplió aún
más la aceptación del trovador por el público cubano. El Centro de la Canción Protesta le facilitó las vías, además,
para intercambiar experiencias con otros compositores vinculados en una
similar línea de creación, y conocería a figuras destacadas de la
nueva Canción Latinoamericana y a personalidades de la Revolución y de
la cultura cubanas.
Es
de obligada mención, en este sentido, Haydée Santamaría, presidenta
de la Casa de las Américas, quien, en un período tan complejo, de
tantas incomprensiones, brindó todo su apoyo y confianza a los jóvenes
trovadores:
...
Está muy presente en toda mi obra y en todo mi trabajo. Sobre todo, porque yo le debo a Haydée, por ejemplo, una
comprensión más cercana de la Revolución, más bien del proceso
insurreccionar revolucionario, porque Haydée nos hablaba de Abel
Santamaría, de todos esos héroes, como si fueran personas como uno. Y eso nos daba una dimensión
muy diferente de lo que era una revolución, de lo que era una epopeya:
era como si uno mismo fuera capaz de realizar esa epopeya
Al
calor de un vínculo humano tan determinante, nacieron del trovador
muchas canciones de contenido épico-revolucionario y de temática
eminentemente social. Entre
los sueños del hombre, Elogio a la guerra, Yo me sé una historia, Bajo
el arco del sol, la lucha armada, Tres mil pájaros, La era está
pariendo un corazón, Fusil contra fusil y otras -que muestran un
tono ya introspectivo, íntimo, ya discursivo o sentencioso
- asomarán vitales de la guitarra y la voz del joven trovador en
aquellos programas del Centro de la Canción Protesta.
Quizás
una de las canciones más significativas y testimoniales de su contacto
humano, revolucionario y profesional con Haydée Santamaría, sea
la dedicada a Abel Canción del
Elegido, compuesta en 1969, en la cual, según confesión del
compositor, utilizó imágenes aportadas por la revolucionaria en sus
relatos sobre el hermano asesinado luego del asalto al cuartel Moncada
en 1953.
En
ese mismo año 1969, poco antes de integrarse activamente al Grupo de
Experimentación Sonora del ICAIC, 6 Silvio
realizará un viaje en el barco «Playa Girón», de la Flota Cubana de
Pesca, compartiendo su arte durante cinco meses con los pescadores,
etapa que se convirtió
en una de
las más fructíferas en cuanto a su producción de canciones. Obras tan conocidas e importantes como Te
doy una canción, Ojalá, Resumen de noticias, Debo partirme en dos,
Jerusalén año 0, Playa Girón, Historia de la silla, y otras
muchas, fueron concebidas durante esta travesía.
Al
regreso del viaje, en 1970, se incorporó de inmediato a un curso de
estudios intensivos de música en el ICAIC, en compañía de Pablo Milanés,
Noel Nicola, Eduardo Ramos, Sergio Vitier, Leonardo Acosta y,
posteriormente, Emiliano Salvador, Leoginaldo Pimentel y Sara González,
bajo la orientación de maestros tan destacados como Juan Elósegui,
Federico Smith y Leo Brouwer, este último, además, director del Grupo.
Un
trabajo de creación experimental que abordaba nuevas posibilidades tímbricas
y una estrecha interrelación entre las raíces de la música
tradicional cubana y la música moderna internacional, cubrió parte de
los objetivos del grupo, creado con la finalidad de hacer música para
el cine cubano. Recordando
aquellos años, dirá Silvio:
...
Ahí fue cuando hubo una correspondencia entre mi actividad laboral,
entre mi oficio, entre mi trabajo y lo que estaba estudiando. Antes, sólo era un estudiante que, además, quería estudiar música. Y lógicamente, esto sí se ha quedado muy presente en todo
lo que hago, y yo creo que ha sido importante, entre otras cosas, por
los maestros que tuve: Juan Elósegui, que nos enseñó Solfeo y que
gracias a él creo yo que escribí mi primer arreglo [... l; Federico
Smith, el inolvidable FS, un hombre, un norteamericano que vivió sus últimos
años en Cuba, entregando todo lo que sabía a los jóvenes músicos
cubanos y, por supuesto, quien no puede faltar, Leo Brouwer, que más
que música nos enseñó, diría yo, la «ética» del arte.
Como
resultado de este intenso período creativo, compuso Silvio, entre sus más
destacados trabajos: La nueva
escuela, Si tengo un hermano, El Hombre de Maisinicu, Al sur de
Maniadero, Columna Juvenil del Centenario, Testimonio y Elpidio Valdés, y compartió con Pablo Milanés y Noel Nicola la concepción
de Cuba va, canción con elementos de rock, destinada a un documental
inglés. Gran parte de
estas obras trascendió más allá de la puesta en pantalla, para ganar
un lugar en el gusto de la población.
Por
otra parte, existió en esta etapa una reafirmación en la línea de
creación de temática social dentro de la producción cancionística
del compositor, quien amplió su mundo vital de experiencias al adquirir
constantemente un material informativo muy actualizado del acontecer
nacional e internacional, que lo proveería, además, de imágenes
visuales que sin dudas ejercieron sus influencias en las imágenes
literarias plasmadas en los textos de las canciones, así como en la
forma de abordar diferentes temáticas.
El
hecho de que muchas de estas canciones, concebidas como música
incidental de documentales y largometrajes, se perpetuaran de manera
independiente, más allá de la presentación cinematográfica, gracias
a la trasmisión oral del pueblo, indica el nivel de autenticidad y de
indiscutible calidad artística logrado en las mismas. A propósito, cabe subrayar, además, la singular importancia de
este vínculo de trabajo con la cinematografía cubana para alcanzar la
posibilidad de una vía de difusión de la labor del creador, teniendo
en cuenta que otros medios masivos de comunicación apenas se ocuparon,
durante esta etapa, de ofrecer al público un contacto estable con la
obra del joven trovador.
No
obstante las limitaciones enunciadas, ya en 1970, y por voto del pueblo,
Silvio fue seleccionado, junto con Pablo Milanés y otros cantantes
cubanos, para participar en el Festival Internacional de la Canción
Popular, en Varadero. Indudablemente,
aparte de la difusión de sus obras a través de un medio de comunicación
tan poderoso como el cine, fue el trabajo diario, casi «artesanal», de
acudir a la gente y comunicarse con ella no tan solo desde el escenario
de luces y cortinas, sino en el entorno cotidiano de un centro de enseñanza,
o de producción, o una unidad militar, o un campamento cañero, lo que,
junto a una creación de alta calidad, mantuvo siempre vivo el diálogo
necesario entre el artista y el público:
Lo
cierto es que hacíamos tres, cuatro, cinco, nueve y veinticinco «actividades»
diarias en aquella época. Sobre
todo Pablo, Noel y yo. Esto
fue lo que realmente nos acercó a la gente y acercó la gente a
nosotros: la brega incansable, diaria durante años, en todas partes.
A
su vez, el Grupo de Experimentación Sonora comenzaría a brindar otros
frutos aparte de las grabaciones con destino a las bandas sonoras, pues
realizó conciertos en vivo a los que afluía una gran cantidad de público
juvenil. Su primer recital
se efectuó en el mes de diciembre de 1971, durante los actos por el XV
Aniversario del desembarco del yate «Granma», y en él Silvio
interpretó Fusil contra fusil, El
rey de las flores y El tren blindado. A partir de entonces, de manera esporádica inicialmente, y más
sistemática desde 1973, se proyectarían estos conciertos del Grupo,
muchas veces en la propia sala de la Cinemateca del ICAIC, y constituirían
una muestra elocuente de las inquietudes y búsquedas constantes de
nuevas formas expresivas por parte de los jóvenes compositores.
Se
escucharán entonces, en estos recitales buscados por la juventud
capitalina, muchas canciones de Silvio, ajaras de ellas provenientes de
su labor para el cine y otras de su más genuina inspiración de
trovador. Entre estas últimas
se cuentan El papalote, Mariposas,
Proposiciones, y algunas de anterior creación como óleo
de mujer con sombrero, Viven muy felices o Te doy una canción. incursionaría,
asimismo, en la creación colectiva, participando en la elaboración
conjunta de obras como Cuba va,
Granma, y Tonada a Rubén Martínez Villena, para la cual Silvio
compuso la melodía y la armonía, y concibió la estructura orquestal. Por otra parte, el encargo de la cancióntema para un programa de
aventuras de la televisión permitirá una reapertura en cuanto a la
difusión por este medio de la obra del creador, mediante la canción Un
hombre se levanta (Antesala de un tupamaro), popularizada en 1972 en
la voz de Sara González.
El
saldo final de sus años con el Grupo de Experimentación Sonora
(1970-1974) ha sido precisado por Silvio Rodríguez en los siguientes análisis:
La
etapa no entraña una ruptura con lo que hice anteriormente, sino un
enriquecimiento.
El
Grupo de Experimentación Sonora significó para mí conciencia. Conciencia de lo que me traía entre manos. Ciencia también, es decir, el aporte científico, lo
cognoscitivo y también desde el punto de vista humano y político, una
gran experiencia colectiva: la primera vez que compartí mi trabajo y
fui copartícipe de otros trabajos de otros músicos, que estaban dentro
de los mejores músicos de mi generación. Eso fue también muy importante para mí.
El
año 1972 marcará una pauta importante en la trayectoria artística de
Silvio: en el mes de febrero, entre los días 13 y 19, junto con Eduardo
Ramos y el trovador santiaguero Augusto Blanca viaja a Berlín para
representar a Cuba en el III Festival Internacional de la Canción Política,
patrocinado por la Juventud Libre Alemana -FDJ- y el Club de Octubre. De carácter no competitivo y sin Finalidad lucrativa, el
Festival tuvo como objetivo mostrar el significado de la canción política
como arma antimperialista, y permitió el intercambio, la confrontación
fraternal y la actitud solidaria entre sus participantes. Pese a la barrera idiomática, la actuación de los trovadores
cubanos interesó mucho al diverso juvenil público asistente a la sala
de los Congresos de Berlín. Se
presentaron, además, en algunos programas de radio y televisión, así
como en la embajada cubana.
Aquel
viaje significó para el trovador una responsabilidad nueva: representar
a la canción cubana en el extranjero, y fue, además, su primer
enfrentamiento a un público mayoritariamente europeo y de habla no
hispana, con el cual tendría que asumir el reto de la comunicación
-este no sería más que el preludio de su constante quehacer en tantas
partes de¡ mundo, salvando, inclusive, las fronteras políticas. Ensanchando su universo de vivencias y conocimientos -no sólo en
el terreno musical, sino íntegramente en su formación cultural, ideológica
y humana-, al finalizar el Festival viaja, en compañía del resto de la
delegación, a Moscú, en donde también hizo programas de radio y
televisión, y actuó para los estudiantes cubanos en esa ciudad.
Algunos
meses después, en septiembre del mismo año 1972, y entonces acompañado
por Pablo Milanés y Noel Nicola, Silvio emprendió un nuevo y muy
significativo viaje, esta vez a Chile, donde participaría en el IV
Festival de la Canción Comprometida, celebrado en la ciudad de Valparaíso
y organizado por el Instituto Chileno-Cubano de Cultura y la
municipalidad del puerto, y que reunirá a un nutrido grupo de
destacados representantes de la Nueva Canción Latinoamericana.
No
obstante ser esta la primera visita de los jóvenes cubanos al país
andino, sus nombres y sus obras no eran desconocidos, al menos para un
sector del público chileno, gracias a la labor realizada desde un año
antes por Isabel, la hija de Violeta Parra. Si bien el contacto directo y fraternal con los representantes de
la Nueva Canción Latinoamericana significó una experiencia muy
estimulante, sería lo vivido durante aquellos días históricos de
Chile, lo que dejará en la sensibilidad del artista una huella
imborrable. Al ser
derrocado un año más tarde el gobierno de la Unidad Popular y morir su
presidente, Salvador Allende, nacerá de la inspiración del creador su
sentido y dramático Santiago de
Chile. Por esta misma época, además, la obra del Silvio, junto
con la de otros trovadores, comienza a expandirse hacia muy diversos
lares del continente americano.
Aunque
1972 marcó el despegue de la actividad artística del creador más allá
del contexto insular, no fue este, sin embargo, el único centro motriz
en el cual se desenvolvieron Silvio y el resto de los jóvenes
trovadores. Como resultado
de la labor espontánea y masiva de noveles compositores desarrollada en
muchas regiones del país, en noviembre de 1972 se constituyó en la
ciudad de Manzanillo el Movimiento de la Nueva Trova, que tuvo a Silvio
entre sus fundadores y del cual él será, a lo largo de su trayectoria
artística, una de las voces más significativas. Participante activo de los Festivales de la Nueva Trova, de las
Jornadas de la Canción Política y de otros empeños de carácter político-cultural,
en Cuba y en el extranjero, en plena madurez creativa, asumió nuevas
temáticas y confirió más alto vuelo a su veta lírica y a su síntesis
poética, sin abandonar aún la tímbrica trovadoresca de guitarra y
voz. Surgirán así
canciones antológicas de su producción, tales como El
Mayor (dedicada al Mayor General Ignacio Agramonte, héroe de
nuestra gesta independentista del siglo xix), Pequeña
serenata diurna, Preludio de Girón, Madre, Días y flores y Sueño con
serpientes, entre otras muchas, que, incluidas en los programas de
sus juras artísticas cada vez más frecuentes, le permitirán ganar a
lo largo del tiempo un público de enorme masividad, que lo haría
acreedor de un vasto reconocimiento a escala internacional. Chile, República Dominicana, Venezuela, México, Angola, España,-Francia,
Italia, Suiza, Bélgica, Noruega, Suecia, Dinamarca, Estados Unidos,
Nicaragua, Costa Rica, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Argentina,
Uruguay, entre otros países, han sido testigos de su excepcional
capacidad de comunicación, que traspasa las barreras políticas para
situarse en el terreno ético del hombre universal.
Giras
muy peculiares serán las realizadas por Angola entre los meses de
febrero y julio de 1976, y de noviembre del propio año a enero de 1977
durante las cuales recorrió el país - frentes de guerra y zonas
liberadas en calidad de artista internacionalista. Antes de marchar hacia tierras africanas, la incertidumbre de lo
desconocido lo lleva a escribir su Testamento, una noble y digna declaración de principios. Breve tiempo después, las intensas vivencias experimentadas
durante la guerra de Angola se volcarían en nuevas canciones: Pioneros,
Aceitunas, La gaviota, Identidad y Cancón para mi soldado, entre
otras, de una especial carga emotiva y de honda significación para el
trovador.
Al
preguntarle un periodista acerca de qué representó para él
experiencia de la guerra, Silvio afirmó:
La
guerra revolucionaria se produce necesariamente en un momento dado del
desarrollo de los pueblos. El
revolucionario -y el trovador no es más que el revolucionario con
guitarra - debe estar preparado para ella. Es parte de su manera de amar, de respirar, de vivir. Esta experiencia no es más que el cauce lógico en que se
desenvolverán nuestras vidas o las de otros compañeros. Como creadores, repetiría lo que dijo Martí: «Todo al fuego:
hasta el arte para alimentar la hoguera».
En
esos mismos días se le confieren al trovador los diplomas de Trabajador
y Combatiente Internacionalista.
A
partir de los años finales de la década del 70, la difusión y la
demanda de la obra de Silvio Rodríguez se hacen mayores en su país y
en el extranjero, de ahí que las giras internacionales sean cada vez más
frecuentes, lo que de hecho lo obliga a programar menos actuaciones en
Cuba e, inevitablemente, a disminuir en cierta medida, dada la
inestabilidad provocada por los continuos viajes, su prolífica
actividad creadora. El ir y
venir constante por diversas realidades incidirá, además, sobre su
obra, aportándole temáticas de mayor universalidad, sin que abandone,
por supuesto, aquellas inherentes a las vivencias muy personales del
compositor.
La
década del 70 concluye teniendo el autor en su haber tres discos de í
larga duración (LD). El
primero de estos, Días y flores, grabado
en 1975 bajo la producción del pianista y compositor Frank Fernández,
recoge con buen tino una magnífica selección de canciones fechadas
entre 1967 y 1975, que han sido recreadas en una tímbrica de ámbito más
amplio, y cuya unidad semántica es delicadamente reforzada. Cabe destacar al respecto la labor realizada por el maestro Frank
Fernández, quien con su vasta formación académica y su refinada
sensibilidad, se encargaría de realzar los matices líricos y dramáticos
apuntados por el trovador en su obra:
Quien
haya tenido un disco mío en sus manos podrá leer el nombre de Frank
Fernández, a veces como arreglista, como coarreglista, como asesor artístico
o como productor. Ahora
quiero agregar, cosa que no suele salir en los discos, que Frank Fernández,
además, es compañero, hermano y maestro.
La
experiencia de trabajo sostenida con el excelente músico, significará
para Silvio «otra especie de Grupo de Experimentación Sonora», otra
escuela, que no culminará, por supuesto, con la realización del primer
LD, sino que se mantendrá a lo largo de su labor discográfica y en
conciertos en vivo, en donde actúa Frank como pianista y arreglista.
Los
otros dos discos en los 70 son Al
fanal de este viaje en la vida y Mujeres, ambos grabados en 1978. Este
material discográfico no satisfacía la demanda del amplio público del
trovador, más si se toma en cuenta lo abundante de su producción. No obstante, la obra de Silvio, bien arraigada en el gusto,
sobre todo de los jóvenes, se mantuvo actualizada en cuanto a su
audiencia, al margen de las posibilidades que ofrecieran los medios
masivos de comunicación en el ámbito nacional: el vínculo directo del
creador con su público se fortaleció mediante conciertos compartidos y
recitales individuales, en los cuales el artista, lejos de conformarse
con evocar sus canciones más conocidas y gustadas por el auditorio,
renovaba el repertorio y traía nuevas propuestas, muchas veces de mayor
hondura y universalidad.
Durante
los años 80 Silvio Rodríguez se convirtió en el músico cubano de
mayor demanda internacional, y recibió numerosos premios discográficos,
tanto en Cuba como en el extranjero. De ese período son sus LD Rabo
de nube (1980), Unicornio
(1982), Tríptico (álbum de tres volúmenes, de 1984), Causas y azares (álbum doble de 1980) y Oh, melancolía (álbum doble de 1988), los que corriendo similar suerte que los
anteriores, en breve tiempo se agotaron en el mercado de habla hispana.
En
1985 la prensa especializada italiana le concedió en San Remo el Premio
Luigi Tenco - sería el cuarto músico latinoamericano en recibirlo -,
por su contribución personal al nacimiento y desarrollo de una novedosa
tendencia en la cancionística de su país, y por la originalidad de una
obra que lo ha situado entre los máximos representantes de la Nueva
Canción en América Latina. Asimismo, en la década de los 80 el Consejo de Estado de la
República de Cuba y otras instituciones le otorgaron la Distinción por
la Cultura Nacional, la Medalla Alejo Carpentier, la Orden Félix Varela
de Primer Grado, la Orden Julio Antonio Mella y la Medalla Raúl Gómez
García.
Es
de hacer notar en esta etapa ya no tan sólo la renovación constante de
su repertorio sobre la base de una indiscutible calidad, sino también
la búsqueda desprejuiciada de nuevas posibilidades, al establecer nexos
de trabajo e intercambios profesionales con músicos y agrupaciones
nacionales de proyección estética heterog6nea, y asimilar, además, un
mundo cultural y sonoro mucho más universal, tras el cúmulo de
experiencias atesoradas en sus innumerables giras por países de
diversas culturas. Cabe
destacar, en el primer caso, la labor realizada en colaboración con el
maestro Frank Fernández y con conjuntos de música bailable como Los
Van Van, independientemente de trabajos orquestales que ofrecen renovado
colorido a su obra - recuérdese
Canción urgente para Nicaragua - y por otra parte, motivarán al
compositor a experimentar con nuevos elementos rítmicos, caracterizadores de los géneros bailables; en esta línea se
inscribe su canción Cántalo,
pero báilalo, como propuesta de su amplia concepción de la
cultura, y la vuelta a una creación de los años 70:
Imaginada, basada en elementos del cha-cha-chá.
Otros
enfoques tímbricos emergerán de la obra del artista durante esta
etapa: la sonoridad electrónica y la improvisación jazzística le
acompañarán con el grupo de Pablo Milanés en muy diversos conciertos,
y el tejido instrumental de la orquesta de cámara estará presente en
su trabajo con la Camerata Brindis de Salas, cuyas versiones orquestales
correrán por cuenta de Frank Fernández, Guido López Gavilán y José
María Vitier. Sus
canciones más reconocidas de esa época son Rabo
de nube, La Maza, Canción urgente para Nicaragua, Unicornio (verdadero hit
nacional e internacional), Décimas
a mi abuelo, Por quien merece amor, Sueño de una noche de verano y Sólo
el amor, entre otras; en todas es posible apreciar un enfoque más
universal y una sonoridad en correspondencia con las tendencias de]
momento.
Desde
fines de 1984, y durante cinco años, Silvio mantuvo una sistemática
labor con unta con el grupo Afrocuba, cuyo director, Oriente Lópe,
preparó magníficos arreglos que aportaron nueva brillantez y
actualidad a sus obras. Canciones como Jerusalén
año 0, Hallazgo de las piedras, Boga, boga, Canción en harapos, todas
de finales de la década del 60, serán trabajadas con notable colorido
orquestas, en el lenguaje sonoro de casi dos décadas después de su
creación, y alcanzarán gran éxito. Asimismo, composiciones de los años 70 y 80 concebidas ya para
un universo tímbrico más amplio que el expuesto inicialmente por el
trovador -tal es el caso de Canción urgente para Nicaragua y Décimas a mi abuelo, interpretadas
por Los Van Van; y La maza y Sueño
con serpientes, orquestadas anteriormente -, serán retomadas bajo
los arreglos de Oriente López, quien mediante un diseño contrapuntístico
de primer orden y un tratamiento tímbrico de acertado efectismo,
conferirá mayor realce al resultado artístico final. Oh, melancolía, Bolero y
habaneras, Locuras, Eva, Cuando yo era un enano, El reparador de sueños,
Verbos en juego y Con un poco de amor, estarán entre lo más
sobresaliente del último trabajo realizado por el trovador con Afrocuba.
Estas
canciones incluidas en el LD Oh,
melancolía, serán expuestas al público cubano no sólo a través
de los medios de comunicación masiva, sino también como parte del
repertorio ofrecido en su importante Gira
por la Patria, serie de conciertos programados en todas las
provincias del país, de enero a marzo de 1989, que permitió al artista
reencontrarse con su pueblo, de un extremo a otro de la isla, de manera
más honda e íntima, así como al público cubano acoger con
familiaridad y orgullo a uno de sus más notables creadores.
En
las primeras semanas de 1990, y en vísperas de un significativo viaje a
Santiago de Chile, Silvio emprende nuevas experiencias de trabajo, en
esta ocasión junto al grupo Irakcre, y con los arreglos del destacado
pianista, compositor y director del grupo, Chucho Valdés. Frutos de la más reciente cosecha, como Venga
la esperanza, La resurrección, Tonada de la muerte y El problema, acompañan
a nuevas versiones de piezas ya ampliamente conocidas, con arreglos
tendientes a fusionar las evocaciones de la música de concierto de los
grandes clásicos, con la improvisación instrumental jazzística
adherida a los ritmos cubanos. El
concierto único ofrecido el 31 de marzo de 1990 en el Estadio Nacional
de Santiago de Chile, superó los pronósticos de la popularidad y el éxito
del artista en ese país. Un público de casi ochenta mil espectadores acompañó hasta
altas horas de la noche al trovador y al conjunto Irakere, quienes en
una jornada de poco menos de cuatro horas ofrecieron canciones de los más
variados momentos de la rica creación de Silvio. Así reflejaría la prensa chilena el acontecimiento:
Las
exigencias del público, que no se movía de su lugar, obligaron al
cubano a hacer siete canciones más de las programadas, enterando así
un total de tres horas cincuenta minutos continuados de música. Algo excepcional, sin duda. Rodríguez lo explicó así: «El concierto fue una cosa
verdaderamente increíble, en todo momento estuve recibiendo mucha energía
del público, de la tierra, de los Andes, de los muertos. Fue algo realmente inolvidable.»
Poco
después de su magnífica experiencia con Irakere, y de su regreso a La
Habana, Silvio inició una labor, que se propone ser sistemática, con
el grupo Diákara, de reciente creación. Junto a la tendencia de¡ anterior período, de rescatar -Viejas
canciones y actualizarlas con nuevos arreglos y sonoridades -ahora
vinculándose cada vez más con la línea del rock-, aparecen las nuevas
canciones de¡ compositor, elaboradas indistintamente para la sonoridad
fuerte de la electrónica, o dentro de los matices clásicos de la música
de concierto; que incursionan lo mismo por entre los vestigios de la música
cubana más tradicional que por los más actuales espectros de la música
moderna internacional. Trabajos
representativos del quehacer de este período son: Mira, Emilia, De la ausencia y de ti, Canción del pasado, Hubo un país
y acerca de los padres, compuestas entre los años 1967 y 1972, así
como otras de la última hornada: El
hombre extraño, El guije, Flores nocturnas, y El necio, la más
difundida.
Aún
manteniendo una labor permanente con Diákara, en los primeros meses de
1991 Silvio Rodríguez realizó un trabajo conjunto con la Orquesta Sinfónica
Nacional, bajo la dirección del maestro Manuel Duchesne Cuzán y con
arreglos del compositor Juan Márquez sobre siete canciones de amor. Es de señalar, asimismo, que aunque actúe acompañado de un
grupo u otros artistas, el músico nunca ha abandonado el escenario sin
acudir a la tímbrica trovadoresca de su guitarra para interpretar
fielmente algunas de sus canciones ya clásicas, o hasta aquellas de
creación muy reciente, inclusive algún estreno.
En
junio de 1991 apareció en el mercado extranjero un LD de propósito
antológico publicado en Estados Unidos por el sello Luaka Bop, del
compositor y cantante de rock David Byrne, subsidiario de la Warner
Brothers, con el título Canciones urgentes.- Los grandes éxitos de Silvio Rodríguez. Este disco, el primero de una serie denominada Cuban
Classics, es también el primero después de 1962 editado en Estados
Unidos con grabaciones originales sacadas de la isla, y fue distribuido
en Estados Unidos, América Latina, África, Europa, Japón y Australia. En 1992 salió su último álbum de tres volúmenes, Silvio Rodríguez en Chile, grabado en La Habana por la Empresa de
Grabaciones y Eclicioiles Musicales (EGREM) en 1990.
La
música de Silvio Rodríguez ha sido llevada al disco, además, por
artistas de la talla de Isabel y Ángel Parra, Chico Buarque de Hollanda,
Milton Nascimento, Mercedes Sosa, León Gieco, Daniel Viglietti, Alfredo
Sadel, Marco Antonio Muñiz, Roy Brown, Soledad Bravo, Holy Near y
Charlie Hyden, por sólo nombrar algunos de los más representativos. Recientemente, y formando parte de la delegación cultural cubana
que asistió a los actos por el centenario de la primera visita de José
Martí a República Donlinicana, Silvio, en compañía del popular
cantante de ese país Juan Luis Guerra, ofreció el 13 de septiembre de
1992 un concierto gratuito ante treinta mil espectadores, en la céntrica
avenida Mella, de Montecristi, donde fue aclamado y vitoreado por la
multitud.
La
obra del trovador cubano continúa conmocionando la inteligencia y la
sensibilidad de un público sin fronteras.
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