Ventanas (julio
de 1996)
- La puerta, 7 de julio de 1996.
- Para la cátedra de Literatura, 14 de
julio de 1996.
- El cristito, 21 de julio de 1996.
- Las cartas, 28 de julio de 1996.
A Carlos, que después de esta historia, ya en plena democracia, volvió a
prisión por el delito de ser periodista.
En una barraca, por pura casualidad, Carlos Fasano encontró la puerta de la celda
donde había estado preso
Durante la dictadura militar uruguaya, él había pasado seis años conversando con un
ratón y con esa puerta de la celda número 282. El ratón se escabullía y volvía cuando
quería, pero la puerta estaba siempre. Carlos la conocía mejor que la palma de su mano.
No bien la vio, reconoció los tajos que él había cavado con la cuchara, y las manchas,
las viejas manchas de la madera, que eran los mapas de los países secretos adonde él
había viajado a lo largo de cada día de encierro.
Esa puerta y las puertas de todas las otras celdas fueron a parar a la barraca que las
compró, cuando la cárcel se convirtió en shopping center. El centro de
reclusión pasó a ser un centro de consumo y ya sus prisiones no encerraban gente, sino
trajes de Armani, perfumes de Dior y videos de Panasonic.
Cuando Carlos descubrió su puerta, decidió quedársela. Pero las puertas de las
celdas se habían puesto de moda en Punta del Este, y el dueño de la barraca exigió un
precio imposible. Carlos regateó y regateó hasta que por fin, con la ayuda de algunos
amigos, pudo pagarla. Y con la ayuda de otros amigos, pudo llevarla: más de un musculoso
fue necesario para acarrear aquella mole de madera y hierro, invulnerable a los años y a
las fugas, hasta la casa de Carlos, en las quebradas de Cuchilla Pereira.
Allí se alza, ahora, la puerta. Está clavada en lo alto de una loma verde, rodeada de
verderías, de cara al sol. Cada mañana el sol ilumina la puerta, y en la puerta el
cartel que dice: Prohibido cerrar.
Enrique Buenaventura estaba bebiendo ron en una taberna de Cali, cuando un desconocido
se acercó a la mesa. El hombre se presentó, era de oficio albañil, a sus órdenes, para
servirlo:
Necesito que me escriba una carta. Una carta de amor.
¿Yo?
Me han dicho que usted puede.
Enrique no era especialista, pero hinchó el pecho. El albañil aclaró que él no era
analfabeto:
Yo puedo escribir. Pero una carta así, no puedo.
¿Y para quién es la carta?
Para... ella.
¿Y usted qué quiere decirle?
Si lo sé, no le pido.
Enrique se rascó la cabeza.
Esa noche, puso manos a la obra.
Al día siguiente, el albañil leyó la carta:
Eso dijo, y le brillaron los ojos. Eso era. Pero yo no sabía que era
eso lo que yo quería decir.
Dormía poco o nada la Niña María. La luz primera de cada día recortaba las
montañas y ya la Niña María estaba clavada de rodillas, susurrando rezos ante el altar.
En el centro del altar reinaba un pequeño Cristo moreno. El Cristito tenía pelo de
gente, pelo negro de la gente del lugar. Milagros casi no hacía, poca cosa, algún
milagro que otro, muy de vez en cuando, para no perder la mano, pero los lugareños
frecuentaban mucho a ese hijo de Dios que tanto se les parecía, y él aliviaba a los
lastimados, consolaba a los solos y escuchaba a los pesados. A él acudían los latosos
más aburridores del valle de Conlara y de sus inmediaciones, y el Cristito les aguantaba
el quejerío con cristiana paciencia.
La Niña María vivía a la mala, se la comía la mugre, pero ella bañaba al Cristito
con agua de manantial, lo cubría con las flores del valle y le encendía las velas que lo
rodeaban. Ella nunca se había casado. En sus años mozos, se había hecho cargo de sus
dos hermanos sordomudos. Después, había consagrado su vida al Cristito. Pasaba los días
cuidándole la casa, y por las noches le velaba el sueño.
A cambio de tanto, ella nunca había pedido nada.
A los ciento tres años de su edad, pidió.
Quiere vivir opinaron algunos.
Quiere morir aseguraron otros.
La Niña María nunca dijo el favor, pero contó la promesa:
Si el Cristito me cumple dijo, lo tiño de rubio.
Juan Ramón Jiménez abrió el sobre en su cama del sanatorio, en las afueras de
Madrid. Miró la carta, admiró la fotografía. Gracias a sus poemas, ya no estoy sola.
Cuánto he pensado en usted!, confesaba Georgina Hübner, la desconocida admiradora que le
escribía desde lejos. Olía a rosas el papel rosado de aquella primera misiva, y estaba
pintada de rosáceas anilinas la foto de la dama que sonreía, hamacándose, en el rosedal
de Lima.
El poeta contestó. Y algún tiempo después, el barco trajo a España una nueva carta
de Georgina. Ella le reprochaba su tono tan ceremonioso. Y viajó al Perú la disculpa de
Juan Ramón, perdone usted si le he sonado formal y creame si acuso a mi enemiga
timidez, y así se fueron sucediendo las cartas que lentamente navegaban entre el
norte y el sur, entre el poeta enfermo y su lectora apasionada. Cuando Juan Ramón fue
dado de alta, y regresó a su casa de Andalucía, lo primero que hizo fue enviar a
Georgina el emocionado testimonio de su gratitud, y ella contestó palabras que le
hicieron temblar la mano.
Las cartas de Georgina eran obra colectiva. Un grupo de amigos las escribía desde una
taberna de Lima. Ellos habían inventado todo: la foto, las cartas, el nombre, la delicada
caligrafía. Cada vez que llegaba carta de Juan Ramón, los amigos se reunían, discutían
la respuesta y ponían manos a la obra. Pero con el paso del tiempo, carta va, carta
viene, las cosas fueron cambiando. Ellos proyectaban una carta y terminaban escribiendo
otra, mucho más libre y volandera, quizá dictada por esa mujer que era hija de todos
ellos, pero no se parecía a ninguno y a ninguno obedecía.
Entonces llegó el mensaje que anunciaba el viaje de Juan Ramón. El poeta se embarcaba
hacia Lima, hacia la mujer que le había devuelto la salud y la alegría. Los amigos se
reunieron de urgencia. ¿Qué podían hacer? ¿Confesar la verdad? ¿Pedir disculpas? ¿De
qué serviría tamaña crueldad? Mucho debatieron el asunto. En la madrugada, al cabo de
algunas botellas y de muchos cigarros, tomaron una decisión. Era una decisión
desesperada, pero no había otra. Y sellaron el acuerdo: en silencio, encendieron una vela
y soplaron todos a la vez.
Al día siguiente, el cónsul del Perú en Andalucía golpeó a la puerta de Juan
Ramón, en los olivares de Moguer. El cónsul había recibido un telegrama de
Lima:Georgina Hübner ha muerto.
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